Aída y el enano chantajista (parte I)

Ya conocéis a nuestra amiga Aída. En ésta ocasión nos relata su historia con un vecino muy perverso…

Tengo un vecino, un tipo que tiene problemas de enanismo, y que es muy simpático y agradable en los primeros tratos. Hasta entonces lo creía amigo y de confianza.

Se dedica a colocar  alarmas, y como es natural y siendo amigos suyos, le habíamos dejado las llaves para que nos colocase un sistema de alarma.

Esa fue mi perdición, porque aparte de poner las alarmas, había instalado cámaras con las que nos expiaba y nos grababa cuando hacíamos el amor,  andábamos desnudos por la casa, nos duchábamos o íbamos al baño.

Un día me invitó a su casa a ver unos videos que le habíamos dejado para retocarlos, y cuál fue mi sorpresa cuando vi el video de la noche en la que gasté la broma a mi marido Ricardo con Fidel y Sofía. Sobre todo se centraba en mi marido; cómo le  daban por culo. Mi marido tiene un trabajo con gran proyección pública, por lo que es al que más daño le podía hacer la difusión de ese video.

El enano me dijo que si yo no hacía todo lo que él me dijese, una copia de ese video iría a los medios de comunicación, con lo que todos se enterarían de lo que pasó aquella noche.

Accedí a ello y le pregunté que quería que hiciese. Él me enseñó otro video en el que aparecía yo en la bañera masturbándome y me dijo que quería verme masturbarme al natural, ya que en  video me había visto muchas veces.

Así que presionada por lo que pudiera hacer, me tumbé en el sofá tal y cómo me dijo y empecé a acariciarme por debajo del vestido, metiendo mi mano por dentro de la braguita. Enseguida me dijo que para empezar estaba bien pero que quería que me quitase toda la ropa. Me quité el vestido de estar por casa que había traído, y me quedé solo con la braguita, pero me insistió en que me quitara todo, y así lo hice.

Se quedó mirando un buen rato inmóvil. Yo aprovechaba mis caricias superficiales para, disimuladamente, taparme un poco.

Al cabo de un rato el enano se levantó y se acercó a mi lado, quitando mi mano de la entrepierna para dejarle ver mis partes más intimas. Metió su cabeza entre mis piernas y con sus pequeñas manos y su lengua jugueteaba con mis labios y mi clítoris.

Al principio estaba muy tensa, pero poco a poco y gracias a su buen hacer, fui relajándome y disfrutando de esa tremenda chupada que me estaba dando. Me empezó a recorrer un cosquilleo por todo el cuerpo, desde mi vagina hasta mi lengua, pasando por el estomago. Gracias a eso llegue rápido.

Pensando que ya había acabado todo, me vestí, y cuando le pedí la cinta me dijo que eso era solo el comienzo, que ya me diría cuando quería más.

Cuando llegué a casa, me sentía invadida. No estaba cómoda sabiendo que en cualquier momento podía estar siendo vista por él. Procuraba ir a la piscina a ducharme, y si me duchaba en casa lo hacía dando la espalda a donde pensaba yo que tenía la cámara. Solo iba al baño en caso de extrema necesidad y si podía aguantarme me bajaba a cualquier bar de la zona. Para hacer el amor le pedía a Ricardo que nos echásemos las sabanas o las mantas por encima.

Ricardo empezó a preocuparse debido a las rarezas que iba tomando.

 

Pasó un tiempo sin saber nada de mi extraño vecino hasta que una mañana vino a casa y sin decir nada se desnudó. Casi me echo a reír de lo pequeñito que tenía el pene. Entonces me dijo que se la chupase. A mi marido se lo había hecho pocas veces, ya que me dan arcadas y no me gusta mucho.

Se sentó en la mesa y comencé a chupársela. Al igual que con mi marido, me costó acercarme porque me daba algo de asco, pero cuando me acerque noté que olía como a fresas; se debía de haber echado algún tipo de esencia por lo que me metí todo su pequeño pene en la boca y empecé a juguetear con él en mi boca. La verdad es que tenía un sabor agradable y siendo tan pequeña me cabían hasta los testículos y aún me quedaba sitio en la boca para llevarlos de un sitio a otro sin darme arcadas. Me divertía verle la cara y sentir un pene del tamaño de un dedo meñique en mi boca. Sin saber mucho qué hacer, le estuve chupando hasta que llegó.

Al terminar me dijo que tenía que cambiar de aptitud y dejarle ver mis encantos, a no ser que quisiera verlos un día en televisión. Para ello me mandaría una nota de lo que quería que hiciese.

 

En las notas, generalmente me decía cuándo hacer el amor con mi marido, la  postura y el lugar que él quería. Naturalmente buscaba posturas que se me vería bien desnuda, o que se le viese bien la cara a mi marido para que se le pudiese reconocer. Hicimos el amor por todas las habitaciones de la casa, en el bacón, cerca de las ventanas, hasta dentro del armario, lo que no entendí muy bien. Mi marido tampoco entendía mi cambio radical, pero estaba muy contento ya que empecé a chupársela más a menudo, haciendo 69 y sexo anal asiduamente.

Por supuesto el enano siguió visitándome cuando mi marido no estaba, así que me hice adicta a sus labios en mis labios inferiores, porque me hacía llegar de una forma distinta, más explosiva que cuando llegaba por penetración vaginal. Había veces que se me subía encima y él debía pasarlo muy bien, ya que yo no notaba nada, solo que se movía encima de mí. Yo tenía que fingir suspiros de gozo hasta que él llegaba.

Recuerdo que un día me dijo la hora a la que iba a venir a visitarnos, estando mi marido en casa. Quería que me metiese a la ducha un poco antes y que saliera desnuda cuando supiese que ya había llegado. Así lo hice. Mi marido se sorprendió mucho y yo me hice la sorprendida intentando taparme con las manos, mientras mi vecino sonreía picaronamente. Cuando se fue, mi marido me echó la bronca, aunque luego por la noche lo recordamos y llegó antes de lo normal, por lo que le debió gustar.

 

A mi pequeño chantajista le empezó a gustar que me exhibiera, pero ya no se contentaba con quedarnos en casa, sino que me obligaba a salir con él cuando mi marido, por razones de trabajo, se tenía que ausentar largas temporadas.

Me elegía la ropa, siempre buscando estar lo más sexy posible. Me llevaba a sitios donde solo había hombres, que siempre se me quedaban mirando. Buscaba pantalones de cintura baja y blusas anchas con mucho escote para que cuando entrásemos a algún bar, me acercase a algún grupo de jóvenes y me agachase dejándoles ver mis dos rajas por delante y por detrás.

Otra vez me puso sin ropa interior, con una falda muy corta y con una blusa y un escote muy anchos. Nos sentamos en los taburetes más altos de un bar. Yo tenía las piernas abiertas y giraba mi asiento lentamente, dejando mi oscura entrepierna a la altura de los ojos de los que estaban sentados en la mesa de al lado. Había quien nervioso, apartaba la vista cuando yo le miraba, pero había otros que seguían mirándome incluso con una sonrisa picarona.

Íbamos a playas y piscinas y me hacía cambiarme de bañador delante de todos y hacer top less, y eso que yo nunca lo había hecho debido a mi timidez.

Otra vez salimos de la ciudad en coche y me hizo ponerme en ropa interior sentada en el sitio del copiloto con las piernas en el salpicadero. Nos fuimos a otra ciudad a cuya entrada había retención. Os podéis figurar las pitadas y los piropos que recibí, sobre todo por parte de los camioneros. Me acuerdo que adelantamos a un autobús y cuando miré por la ventanilla vi pegados al cristal y con la boca abierta a una multitud de chavales.

Todos éstos son juegos inocentes de adolescentes en comparación con lo que empezó a tramar su mente perversa…

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3 comentarios el “Aída y el enano chantajista (parte I)

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