Aída y el enano chantajista (parte 2)

Segunda parte del relato de Aída. En esta ocasión todo sucede en un local preparado por el enano para hacer de ella un objeto sexual.

El enano chantajista enseguida se cansó de exhibirme por la calle y preparó un local en el que empezamos a tener nuestros encuentros íntimos.

Compraba  disfraces de loba, tigresa, vampiresa y uniformes de doncella enfermera, colegiala, que me hacia poner para estar a solas con él; cualquiera era bueno para ponerme, incluso un día trajo uno de monja. Total que siempre acabábamos igual, levantándome las faldas y su cabeza metida entre mis piernas.

Había preparado una mesa camilla regulable en altura en la que había dejado dos trampillas que al quitarlas se me quedaba al aire, tanto el culo, si estaba boca arriba o las tetas y el coño si estaba boca abajo. Así que cuando él quería se podía meter debajo y hacerme lo que él quisiera.

Una vez me puso boca arriba desnuda, atándome los pies y las manos de tal forma que dejase abertura entre mis piernas. Empezó a untar mi cuerpo con distintas salsas, chocolates y natas. Invitó a entrar a un señor mayor acompañado de otro joven que luego supe que era su nieto; lo único que les dijo fue que podían empezar cuando quisieran. El joven vino rápidamente a comerme mi pecho derecho. Me hizo mucho daño al mordérmelo, por lo que pegué un chillo. El abuelo se quedó quieto y le dejó que siguiese comiéndome y lamiéndome por todo el cuerpo. Había veces que gozaba y otras que me moría de dolor. Le tuve miedo cuando bajo a mi vagina pero entonces  el abuelo le paró y sin decir nada empezó a limpiar todas las partes de mi cuerpo de los restos de salsa y babas que había dejado su nieto. Le recriminó diciéndole que así nunca haría gozar a una mujer, por lo que le empezó a explicar cómo besar y acariciar cada parte del cuerpo de forma distinta, o en qué momento acariciar, besar o apretar los dientes sin llegar a morder.

Todo mejoró bastante, pues el anciano sabía cómo tratarme y acariciarme con dulzura. Después de esta sesión vinieron otras en la que la iniciativa la llevaba él, enseñándole a su nieto el arte de amar. Recuerdo especialmente una en la que le enseñó a hacerme un cunilingus. Cuando pienso en ello, aún siento su aliento cálido en la vagina, su lengua introduciéndose entre mis labios y golpeando suavemente mi clítoris como si fuese una campanilla. Primero lo hacia él y luego se lo mandaba hacer al nieto.

Por mis gestos y mi respiración, sabía si el nieto lo hacía bien, así que más de una vez le mandaba repetir.

No se podía comparar el explosivo orgasmo que conseguía con el enano con el que me producían  ellos, todavía mayor en intensidad y duración; me quedaba mucho tiempo sin respiración y terminaba totalmente agotada,  sin poder levantarme mucho tiempo después de que se hubiesen ido.

El enano aprovechaba para mirarme, oler mi sudor y probarlo por las diferentes zonas de mi cuerpo; me olía los sobacos, la vagina, los pies, las tetas, incluso me metía la lengua en el culo. Le gustaba también el olor y sabor del semen en mi cuerpo, por lo que lo buscaba por donde hubiese eyaculado el joven.

El anciano me enseñó también a utilizar mi boca para darles placer, en fijarme en sus gestos para saber si lo estaba haciendo bien.

Una vez, tras practicar mucho con el nieto, me sacó él su pene. Lo tenía bastante flácido, así que me puse a jugar con su verga; con los mordiscos y las caricias que él me había enseñado conseguí que se pusiera dura. Me dijo que hacía tiempo que no conseguía que se le pusiera tan tiesa: desde que murió su mujer. Se conocieron de muy jóvenes, había sido su única mujer y siempre le fue fiel. A los dos les gustaba experimentar nuevas sensaciones con sus cuerpos y por eso había aprendido tanto. Toda la experiencia que habían conseguido la estábamos aprendiendo tanto el nieto como yo en largas sesiones.

El siguiente paso fue  enseñar a su nieto la lección de cómo introducírmela. Más adelante nos  fue mostrando las posturas en las que más gozaríamos los dos. Nunca me besaron en la boca ni me sodomizaron. Llegó un día en el que dejaron de venir sin saber yo por qué; creo que mi carcelero se dio cuenta que me gustaba demasiado la situación. Además, cuando él me decía que se la chupase, no lo hacía de igual forma que a ellos. Estos son los días que mejor recuerdo guardo de mis citas en el sótano.

 

En el local había preparado una especia de banco en el que un día me ató, apoyando mi pecho y estomago en él, dejando mi culo al aire, con lo que supuse lo que iba a hacer. Me equivoqué en parte ya que no lo iba a hacer él, sino otra persona a la que invitó, y que era un antiguo conocido mío.

Era un antiguo novio con el que estuve saliendo bastante tiempo. Por aquél entonces una amiga se había quedado embarazada, y por miedo a que me ocurriese lo mismo, no le dejaba ni tocarme una teta, así que él estaba quemadísimo. Y más lo estuvo, porque cuando todavía estaba saliendo con él, una noche tuve un encuentro loco con un extranjero. El tío no era muy guapo pero sabía encandilar bien a las mujeres con sus gracias. Empezamos a besarnos en la pista de baile, fue un beso suave y sin lengua, pero me llegó a lo más profundo. Después de unos bailes y bastantes besos, nos sentamos en un lugar apartado y empezó a acariciarme; me metió mano debajo mi blusa acariciándome alrededor del pecho, luego me levantó el sujetador hacia arriba y seguía acariciándome alrededor y entremedio de los pechos, sin prisas. Sus caricias iban haciendo efecto y notaba como mis pezones se endurecían cada vez más. Por fin acercó su mano a acariciar mi pezón derecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir sus dedos acariciando todo mi pecho y sobre todo mi pezón. Eran maravillosas sus caricias. Con la otra mano, me cogió la mía y me la acerco a su paquete. Noté un bulto grande y duro, pero no sabía qué hacer, así que me limité a tenerla allí encima sin moverla mucho. El sí que empezó a meter la mano entre mis faldas y acariciarme los muslos. Poco a poco iba subiendo y yo esperaba, sin respiración, a que llegase. Era la primera vez que me iban a tocar el coño, y todas mis terminaciones nerviosas estaban dirigidas a ese punto. Esperaba que llegase ese momento, notaba los latidos de mi corazón. Cuando me acaricio los labios vaginales por encima de la braga fue como una pequeña descarga eléctrica lo que sacudió mi cuerpo. Fue la primera vez que tuve un orgasmo, solo con unas caricias. Aquella noche la recuerdo como mi primera vez.  Por desgracia, cuando mejor estaba, levanté la cabeza y vi a mi novio mirándonos y fuera de sí. Un amigo le había avisado y se presentó  en la disco, y  allí me pilló con mi mano en el paquete de aquél desconocido y las de éste debajo de mi falda y de mi blusa. El extranjero desapareció rápidamente; años más tarde le vi en un programa de televisión, haciendo un monologo de cómo los feos ligaban más, y contando ésta situación en plan cómico.

De mi ex-novio tampoco supe nada más, ya que estuve avergonzada y sin salir de casa durante  mucho tiempo. Lo único que saqué de bueno, es que comenzaron mis caricias nocturnas y silenciosas en la cama, pues una vez probado el orgasmo quería sentirlo más veces.

Ahora mi ex me tenía desnuda, atada y con el culo al aire dispuesto a rompérmelo. Llevaba años esperando una situación así. Yo apreté fuertemente las piernas y los glúteos para impedir su entrada, pero con sus manos me separó los mofletes e introdujo su pene en mi ano sin ningún miramiento. Empezó a embestirme salvajemente, yo me agarraba fuertemente para no clavarme al banco. Liberó toda la rabia que tenía contenida contra mí, y me poseyó allí tumbada en ese banco.

 

El enano le dejó venir alguna tarde más, para que gozase del cuerpo que yo no le había dejado cuando éramos jóvenes. Me contó que no tenía pareja, que desde lo nuestro había desconfiado mucho de las mujeres. Le volví a coger algo de cariño y puse en práctica algo de lo que había aprendido con el anciano y el nieto, ofreciéndole mi cuerpo en señal de arrepentimiento. Cuando el enano vio que yo empezaba a disfrutar, cortó y ya no volví a saber nada de él.

 

Otra vez mi chantajista me ató a la camilla, pero esta vez me tapó la cabeza para que no viese ni fuera vista…

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