Aída y el enano chantajista (parte 3 y última)

Última parte del relato de Aída y el enano chantajista, con un sorprendente revés para finalizar.

En otra ocasión el chantajista me cubrió la cabeza para que no pudiese ver nada y mandó entrar a un grupo de jóvenes que me tocaban por todo el cuerpo con sus manos e incluso me daban golpecitos con sus penes. Les oía las voces y las risas y enseguida empecé a notar por todo mi cuerpo líquido viscoso que debía ser el semen que me echaban encima después de masturbarse.

Luego, como hacia siempre, me enseñaba el video de lo que había pasado. Al principio yo me ruborizaba cuando me veía desnuda y que me tocaban o tocaba yo; pero poco a poco me  acostumbré y ya no me producía ningún rubor.

Pero esta vez fue distinto, vi un grupo de jóvenes que venían corriendo desnudos y se ponían alrededor mío tocándome y masturbándose. Dentro del grupo había uno que le conocía bien. Era el hijo de unos amigos, los primeros en tener un hijo, siendo aún menores de edad. Todas las amigas lo tratábamos como a un sobrino; me había tocado cuidarle muchas veces cuando era pequeño. Me avergoncé de mi misma al ver como se masturbaba y se reía encima de mí. Me entró un escalofrió cuando vi que me agarraba un pecho.

Le pedí al enano que por favor no lo trajera más, pero eso aún le dio más morbo. Me dijo que si les traía era porque les había visto y oído muchas veces en el parque y siempre se quejaban de que no tenían éxito con las chicas. Así que él les iba a ofrecer en bandeja su primera relación sexual.

Fueron muchas tardes las que me tumbó con la cabeza tapada y cada vez iba pasando un chico distinto, todos con sus penes bien tiesos y duros, pero les costaba muy poco llegar. Así que el placer que tenía cuando me la metían se esfumaba enseguida.

Una tarde conocí  sus suspiros y sus jadeos, era él, el hijo de mis amigos. Estaba moviéndose encima de mí con rapidez. Me quedé tensa, con lo que inconscientemente cerré también mi vagina. Se me saltaron las lágrimas al pensar lo que estaba pasando. Él estaba dispuesto a hacerse un hombre, y la mujer con la que se lo iba a hacer era esa que tantas veces le había tenido de pequeño en brazos.

Le quería como a un hijo y yo iba a ser su primer recuerdo con una mujer, y nadie se merecía tenerlo de esta forma. Me dieron ganas de llamarle, de descubrir quién era yo. Pero no supe reaccionar. Al estar tan tensa encontró más roce y llegó muy rápido, aunque creo que, con la mente calenturienta que se tiene a esas edades y con el solo hecho de verme desnuda, ya podía haber llegado.

Después de esto, mi “vecino” empezó a traer más gente al local. Yo ya no pensaba en nada, era como un maniquí que me manejaban de un lado a otro.

Tenía una  hamaca, en la que me sentaba con las piernas abiertas y me sujetaba de pies y manos. Me introducía distintos objetos tanto por mi vagina como por mi ano. Luego me sacaba primeros planos en los que era muy difícil reconocerme para pasarle ese material a mi marido, pues de vez en cuando se pasaban email con material erótico.  Era patético ver a mi marido reírse y excitarse delante del ordenador con la imagen de mi culo y una tremenda zanahoria dentro de él. Como la fotografía estaba sacada tan cerca  y con lo recatada que era yo, no podía pensar que la vagina que tenía el calabacín metido hasta dentro era el de su mujer.

Una vez invitó a la fiesta a un par de hermanos que sólo se parecían en el tremendo pene que tenían. Fui su objeto sexual, siendo manejada a su antojo. Estos si sabían lo que hacían, acabe entre los dos, sentada en la hamaca y ellos de pie dándome por delante y por detrás.

Vinieron también dos mujeres lesbianas con un maletín lleno de consoladores de todos los tamaños  y de tactos diferentes. Los fueron utilizando para  ellas mismas y conmigo. Algunos se los ataban a la pelvis y me los introducían como si fuesen hombres metiéndomela.

Otras veces venían parejas, y el hombre se quedaba conmigo mientras que ella se iba con el enano.

También vino un grupo numeroso que traía varias maletas de cuyo interior sólo vi una máscara de cuero que me la pusieron en la cabeza. En la boca tenía una aparato que me hacia tener la boca abierta sin poder cerrarla; allí me introdujeron un pene, masturbándome dentro de la boca y casi ahogándome. Luego me introducían cosas por la vagina, y una vez dentro, las iban anchando. Yo me creía romper por dentro. Me daban pellizcos en los pechos y me pinchaban con pequeñas agujas por todo el cuerpo, sobretodo buscaban los sitios donde más sensibilidad tenia, axilas, muslos, pechos, por todo el cuerpo.

Me pusieron un collar en el cuello y me pasearon por la habitación a cuatro patas hasta que uno me sodomizó. Acabé marcada por todo el cuerpo, menos mal que mi marido cada vez  pasaba  más tiempo fuera de casa.

Traía a toda esta gente después de contactar con ellos por Internet y de intercambiar material con imágenes mías.

La última pareja que vino para hacer intercambio resulto ser de homosexuales,  por lo que ella vino conmigo y,  para sorpresa del enano, el acompañante fue con él. Yo, acostumbrada a todo, no me resistí y la chica no fue violenta. A los otros les veía y me daba pena mi carcelero, siendo violado por un hombre fuerte, cuatro veces mayor que él. Cuando se fueron, el enano tenía todo el culo ensangrentado, por lo que le cogí en brazos y le fui a lavar y a curar. Parecía ido y tardó en volver a ser el mismo.

Después  de los días me dijo que había destruido todo el material y que ya no iba a volver a tener ninguna experiencia nueva.

Por lo demás, a mi marido Ricardo,  le pillaron en una orgía gay en una discoteca de la costa.

Yo acabe con el primer amor de mi vida, mi ex novio, que otra vez volvía a confiar en las mujeres y me había perdonado.

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