Despedida de soltera (parte 7)

Bea está disfrutando con todos sus amigos, pero… ¿hay alguien más que le está espiando?

Esta vez comencé con Germán y con la carta del 10 de bastos. Él tenía que estar tumbado y yo me echaba encima de él, poniéndome primero frente a él y luego girando. Pasaba a tener mis pies en su cabeza y sus pies delante de mí.

Aunque estaba yo arriba, era él el que llevaba el ritmo. Sus manos jugaban hábilmente alrededor de mi ano. Nuevamente, el cosquilleo que me hacia su pene hizo que llegase rápidamente. Intenté disimular el orgasmo para que siguiese dentro de mí, pero solo conseguí que todavía fuese más intenso.

Llevaba tantos orgasmos en tan pocos días, que cada vez me sentía más agotada cuando llegaba,  pero aun así, me estaba viciando a ellos y no me importaba tener más.

 

La siguiente postura que tenía que hacer era el 7 de oros, para la cual Sebas y yo tuvimos que ir a la habitación. Yo me tumbé en el costado de la cama, con mis piernas echadas para el mismo lado, mientras él de rodillas me penetraba.

Como la otra vez, fue muy hábil a la hora de meterla, y una vez dentro, se movía muy gratamente. Al tener mis piernas cerradas él se apoyaba sobre mis glúteos y muslos, y mi clítoris estaba presionado, notando un roce extremo, que hacía que hasta en mi boca notase un liguero cosquilleo de placer.

No pude contenerme y llegué a uno de los orgasmos más fuertes que había tenido esa semana, llegando incluso a chillar, cosa que no hago casi nunca.

 

Continué con uno de los gemelos, en una postura de pie, (parecía que las habían elegido ellos) era el 9 de bastos. Esta vez era con Jaime. Nos teníamos que abrazar uno en frente del otro, pero yo levantaba una pierna, rodeándosela por su cintura.

En cuanto nos pusimos, sabía que iba a venir el otro por detrás, así que no me sorprendió su acercamiento. Mi culo se estaba acostumbrando a ser perforado, y yo le encontraba cierto gusto.

Nuevamente, me encontraba en una nube, flotando entre sus fuertes brazos. Notaba sus besos por todo el cuerpo, al igual que sus manos. No pensaba yo que podía aguantar tantos orgasmos seguidos,  pero la verdad, que el día estaba siendo maravilloso, y con ganas de más.

 

La siguiente carta era el 12 de bastos y yo tenía que estar de pie, incorporada a un lateral y con la pierna en alto. Esta vez le tocó a uno de los chicos más aparentes del grupo, era Lucio, novio de mi amiga Petri. Alto, rubio y de ojos azules, poca musculatura, pero de cuerpo atlético.

Fui desnuda hacia la ventana, y con ella abierta, me incorporé asomándome un poco, para así respirar un poco de aire debido al calor que hacía.

En otra ocasión me hubiera importado que me viesen desnuda por la ventana, pero como era una casa aislada en mitad del monte y estaba rodeada de tíos, ya había perdido todo pudor.

Me apoyé de medio lado en la repisa de la ventana y levanté mi pierna invitándole a venir. El agarró mi pierna con ambas manos y la sujetó apoyada en su pecho, introduciéndome su pene rápidamente.

El día de las presentaciones ya me había chocado sus pelos rubios de la entrepierna. Yo nunca había estado con un chico rubio hasta entonces, y tampoco lo había pensado.

Me extrañaba ver rozar su rubio y poblado pubis con el mío, mucho menos poblado y totalmente negro. Giré la cabeza hacia la ventana para tomar aliento, sus impulsos eran muy profundos. Vi entre los árboles la figura de un hombre, que pronto se escondió al mirarle yo.

Sin ningún tipo de complejo seguí gozando del cuerpo que estaba dándome placer.

Se acercó Boris y empezó a acariciarme y besarme los pechos. Con la otra mano me estaba acariciando el clítoris y, aprovechando los movimientos, se le escapaba la mano y acariciaba los testículos de Lucio.

Eso me excitó bastante, por lo que volví a mirar por la ventana, y esta vez sí distinguí quien era el hombre que nos observaba. Era el hijo de los que nos habían alquilado este caserón, que ya le vimos cuando llegamos.

Era un chico fuerte, alto, que debía cuidar las cabras de la familia y se dedicaba también a las tareas agrícolas. Al verle allí afuera mirándome, ver a mi amigo metiéndonos mano a los dos y el rubio imponente que disfrutaba con mi cuerpo, hizo que llegase al orgasmo más rápido de lo que hubiera querido. Después de haber llegado, cerré la ventana.

 

Cuando acabamos la segunda vuelta, tenía la obsesión de ver a los que me habían estado espiando.

Todavía me quedaba estar todavía una vez más con todos, pero me había viciado tanto al roce de los cuerpos, que quería más.

 

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