Semana 28ª: una noche de insomnio

Cuando no se puede dormir, no hay mejor forma de pasar la noche que despertar a tu pareja y así padecer los dos de insomnio.

Jugábamos con el 7 de bastos, llevaba una hora despierta, y Gus roncando a mi lado.

La ventana la teníamos abierta, debido al calor que hacía. La contaminación lumínica del exterior hacia que la habitación pareciera de día. Y para colmo, mi marido seguía roncando. Eso me estaba poniendo cada vez más nerviosa. Así que decidí probar mi método habitual para que dejase de roncar.

Aprovechando que los dos siempre dormimos desnudos, me deslice hasta llegar a su entrepierna.

El sueño profundo de Gus siempre evita que se despierte pronto, así que introduje toda su pequeña colilla en mi boca y empecé a jugar con mi lengua.

Está sin circuncidar, así que notaba todo su pellejo sin nada de carne debajo, parecía que tenía toda la carne escondida debajo de tanto pliegue.

Poco a poco fue haciendo efecto mi cálido aliento y mi juguetona lengua en los estímulos de su cerebro aun dormido. Su pequeño pene fue poco a poco agrandándose hasta ya no cabía en mi boca. Entonces le empecé a trabajar suavemente su glande, pasando mi lengua entre sus pliegues, dándole un beso en su terminación, mordisqueando todo su falo hasta llegar a los testículos que me los metía en la boca para volver a subir hasta su glande y allí pasar mi lengua por todo su alrededor y volver a terminar con un profundo beso en su punta.

Estuve un buen rato, hasta que note sus manos que acariciaban mis nalgas, ya se había despertado. Así que me subí encima suyo sin decirle nada y coloqué mi coño en su boca.

Él entendió rápidamente lo que quería y empezó a jugar con su boca. Me besaba en los labios, introduciendo levemente su lengua en mi vagina, subía muy despacio besándome el clítoris y volvía a bajar besándome por todo hasta llegar al ano.

Yo seguía masajeándole tanto con la boca como con la mano. Él se centró en acariciarme con su lengua el clítoris. A la par que introducía un dedo por mi vagina y me acariciaba por dentro a la altura del clítoris.

Sentía un placer inmenso tanto por fuera como por dentro. Un cosquilleo que me hacía temblar entera. Utilizaba un dedo dentro y otro fuera como si fuese una pinza y me acariciaba al unísono en las dos paredes.

De vez en cuando dejaba de acariciarme el clítoris con el dedo para pasar con la lengua y humedecer si cabe aun más toda la zona.

Sin darme cuenta había metido los dos dedos pulgares dentro de mi vagina, con el dedo índice de la derecha me acariciaba el clítoris buscando la yema de su dedo correspondiente.

El dedo anular de la otra mano lo introdujo en el ano buscando el roce a través de la fina piel, con su compañero de la mano izquierda, que estaba dentro de mi vagina.

Tenía una pinza doble dándome placer, yo no sé en cuál de los tres puntos sentía más gusto. Me tenía pillada entre sus dedos, que movía con maestría. Estaba a punto de llegar pero quería aguantar hasta que el llegase.

Así que me quedé como en la orilla del precipicio conteniendo la respiración hasta que noté que su pene se hacía si cabe un pelín más duro, le di dos o tres golpes más y enseguida exploto el semen por todas partes.

Yo definitivamente salté, se me quedó paralizado el corazón y apreté mis piernas contra su cabeza.

Él seguía acariciándome despacio, lo que me producía dolor y placer al mismo tiempo. No sé el tiempo que estuve sin respiración y apretando las piernas, pero me pareció maravilloso.

El orgasmo más largo que nunca había tenido. Dejamos todas las sabanas empapadas.

Después de pegarnos una ducha y cambiar las sabanas volvimos a la acción.

Nos colocamos de nuevo como habíamos hecho antes un 69 pero esta vez me puse yo abajo. Juntamos nuestras pelvis para así con ayuda de la mano unir nuestros órganos sexuales. Ahora era yo la que jugaba con su ano, recordé  las enseñanzas de Boris y las puse en práctica, notaba que le gustaba, por la dureza de su pene.

Gus me besaba los pies, y yo le devolvía las caricias en sus glúteos, bajaba mis uñas por sus muslos hasta las pantorrillas, dejándole ligeramente marcado.

Llegamos otra vez al orgasmo, pero mucho menos intenso que antes.

Esa noche no dormimos ninguno de los dos. Maravilloso insomnio.

 

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