Semana 35ª: escondidos dentro de un armario

Tocaba terminar las vacaciones en el  pueblo de mis padres, y pasar unos días en familia, pues nos solemos reunir una vez al año todos los  primos en el pueblo. Así que Gus y yo teníamos el reto de practicar la postura de la semana que era el 9 de bastos, entre reuniones familiares.

En un momento dado, después de comer, cuando todos estaban relajándose y descansando, le indiqué a Gus que me siguiese, y subiésemos al altillo que tenia la casa antigua de mi abuela.

Me gustaba recordar aquel sitio, como jugábamos de pequeños. Ahora parecía mucho más pequeño que entonces.

En cuanto entré en el altillo, me fijé en la mesa central en la que me sentaba junto a mis primos a merendar, me fijé en el rincón en el que todavía estaban mis viejas muñecas, despeinadas y sucias.

Todavía seguía allí un colchón viejo, en el cual saltábamos. Y sobre todo me sorprendió el viejo y gran armario que había en una pared, en el cual nos encerrábamos para jugar a los médicos.

Me acordé de aquel verano, que dejé de bañarme desnuda junto con mis primos en el río del pueblo. Recordé el cambio en la mirada de uno de mis primos, cuando jugando a pillar  me tocó los pequeños proyectos de pechos que yo tenía en aquel entonces.

Lo que sentí la primera vez que toqué una colilla tiesa. La extraña sensación al acercarse uno de mis primos para ponerme  una inyección con su pequeño trozo de carne tieso y duro, en mi blanco e inocente trasero.

Recordé el primer beso que di a mi primer novio de allí del pueblo cuando ya era un poco más mayor, ¿qué habrá sido de él?

Todo eso me estaba calentando por lo que empecé a besar a Gus.

De pronto escuchamos a uno de mis primos que subía con su novia también al desván. Rápidamente le indique a Gus que nos metiésemos en el armario.

Lo recordaba amplio y en verdad era grande el armario. Las puertas no encajaban bien. Y por la rendija de la doble puerta, pudimos ver como mi primo y su novia, se comían a besos, desnudándose y tumbándose en el colchón.

Ella se había puesto de rodillas y él acercaba su pene hacia el trasero de ella.

Pude ver como esa pequeña colilla, se había trasformado en un gran pene y como inyectaba toda su aguja dentro de ella.

Gus no paraba de mirar por la rendija, la situación me puso muy caliente, así que le cogí, y apoyando su espalda contra la trasera del armario nos comimos a besos.

Le bajé los pantalones, me quité la braga, levantando una pierna hasta su muslo y amarrándomela él, me introduje su pene.

Mientras lo estaba haciendo, recordaba la mirada curiosa de ese primo, mientras me bajaba las bragas dentro del armario y le decía lo que me tenía que curar. Y como él me decía que tenía que ponerme una inyección en la parte dolorida. Sacándose la pequeña pero dura colilla y acercándola ligeramente a mi vulva.

Cómo me gustaba ser yo la practicanta, y agarrar la inyección de chico que tocase en ese momento, y acercársela a los pequeños mofletes del culo de mis otras primas. Les bajaba el pellejillo y les hincaba la pequeña colilla en la parte que ellas mismas decían que les dolían.

Y os preguntareis que pasaba si eran ellos los que tenían alguna dolencia. No, no, entonces no tocaba inyección, valía con unos besitos nuestros en la zona dolorida, para que sanase enseguida.

Eran juegos inocentes en los que no se llegaba a más, solamente conocíamos nuestros cuerpos, que ya de por si los conocíamos de antes, ya que estábamos a acostumbrados a bañarnos desnudos. Pero a partir de entonces llegó la semilla del pudor a mí, y sentía que la mirada de los niños, ya no eran tan inocentes como las de antes, por lo que tenía que esconderme para poder mear tranquila.

Fue una explosión de sexo contenido dentro de esas cuatro maderas, que no sé cómo se tenían en pie. Sus jadeos tapaban los nuestros. Esperamos a que mi primo y su novia acabasen también. Cuando se fueron, esperamos un rato, salimos y volvimos con los pocos tertulianos que quedaban en pie.

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