Semana 38ª: cita en un bar

Veamos que nos han preparado esta vez Gus y Bea para llevar a cabo la postura del 4 de bastos.

Llevaba unas semanas acercándome a un bar a tomar una cerveza y escuchar música, de los pocos bares que quedan que ponen música heavy en castellano.

Allí me hice colega de un grupo con parecidos gustos a los míos, que no salían de ese bar, siempre jugando al billar, y siempre sabían más que nadie de la vida y sobre todo de las mujeres.

Ellos eran los que más habían ligado y los que mejor sabían tratarlas, aunque seguían casi todos solteros. Me hacía gracia ver como se ponían de excitados cada vez que entraba en el bar un grupo de mujeres, sobre todo si alguna de ellas llevaba escote o se dejaba ver algo de pierna. Daba igual si la mujer merecía la pena o no, en cuanto veían algo de carne ya estaban como gallos en un gallinero.

Se lo conté a mi mujer, y se nos ocurrió que fuese ella al bar, bien preparada y fingiese que no me conocía.

Una tarde así lo hicimos. Primero llegué yo, y allí estaban como siempre con la botella de cerveza en la mano, que solo la soltaban para coger el palo de billar. No sé si necesitaban tener siempre algo duro entre las manos, y en su yo oculto deseaban cambiar de orientación sexual.

Al rato entró Bea, bien arreglada. Llevaba la cara pintada resaltando su belleza y llamando más la atención. Se había puesto una falda de tubo corta con la que se dejaban ver sus formas, y una blusa bastante escotada, entreviéndose el sujetador y el dibujo de los pechos.

Como no podía ser de otra forma, mis colegas se quedaron con la boca abierta.

No hizo falta que ellos fueran a cazar la presa, ya que Bea pidió una cerveza y se acercó a nosotros pidiendo permiso para poder vernos jugar.

Ellos empezaron a pavonearse mientras jugaban, andaban tiesos cuando se cruzaban delante de ella.

Uno se atrevió a hablarle, y le preguntó si quería jugar, a lo que la mentirosa de Bea le dijo que no había jugado nunca, y que no sabía.

Para que quieres más, el hielo se había roto y ellos parecían moscas revoloteando sobre la miel.

Le enseñaron a coger el palo, y con ello comenzaron las insinuaciones y los roces.

Yo permanecía neutral observando la situación y riéndome de las reacciones de ellos al tener cerca una hembra de verdad.

Cuando los roces pasaron a ser frotamientos, y empezaban a incomodar a Bea, decidió cortar.

No se le ocurrió otra cosa que venir donde yo estaba y agarrándome del cuello, me dio un morreo separando algo sus labios de los míos, dejando su lengua dentro de mi boca, para que la viesen los otros. Yo les miraba de refilón a ellos, mientras Bea seguía con su morreo. Estaban inmóviles, con la boca abierta y alucinando.

Bea me cogió de la mano y me sacó de allí. Yo miraba para atrás despidiéndome de ellos y riéndome internamente de sus caras de pasmados.

Una vez en el coche, nos reímos a carcajada limpia, mientras nos besábamos. Llegamos a casa y mientras íbamos hacia la habitación de gimnasia, le pregunte si alguno de ellos le motivaba algo. Un no rotundo fue su seca contestación.

Nos tumbamos en el suelo, sobre el tatami, uno encima del otro y seguimos dándonos besos y abrazos como dos desconocidos.

Girábamos sobre nosotros mismos, y unas veces era yo él que llevaba el ritmo y otras veces estaba ella encima y era Bea la que marcaba las pautas.

Al final me dejé llevar por su habitual habilidad encima de mí, y acabamos pegados uno al otro, como dos ventosas imposibles de soltar, mientras nuestras lenguas permanecían atadas entre las dos bocas.

A los días, me volví a acercar al bar con un poco de malicia, para pavonearme yo esta vez, pero no son de los que dan su brazo a torcer. En cuanto llegué se reían, preguntándome cuanto me había costado la noche, insinuando que Bea era una prostituta que iba buscando un cliente, y que había elegido al más pardillo de todos.

Los di por imposible, y busqué otro garito en el que pudiera escuchar también buena música, pero con gente un poco menos lista y bastante más inteligente.

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