Semana 41ª: en busca del embarazo

Esta semana nos toca el 9 de oros, veamos como lo han pasado Gus y Bea.

Desde principio de año, llevábamos intentando que Bea se quedase embarazada, pero afortunadamente para mí, no se había quedado todavía. Era Bea la que quería tener un hijo, ya que yo no las tenía todas conmigo.

Como el primer mes no se quedo embarazada, empezó a ponerse nerviosa, y al principio me gustó, ya que lo hacíamos todos los días. Incluso cuando estaba ella en sus días fértiles, lo hacíamos dos veces al día, con lo cual estaba yo encantando.

Pero llegó mi oportunidad para convencerla de que no era buena idea tener un hijo ahora.

Tuvimos la visita de un primo mío, con su mujer y sus dos hijos, que se quedaron a pasar unos días en casa. Durante esos días, perdimos la libertad de hacerlo cuando quisiéramos, teniéndolos que ajustar los encuentros a nuestro dormitorio.

Estábamos encantados con la visita, ya que no les veíamos desde que habían tenido los hijos, y teníamos ganas de hablar y recordar nuestras aventuras.

Tras el primer día ya vi que no era lo mismo. Ellos estaban demasiado pendiente de los hijos, y tenían motivo para ello, ya que eran unos niños muy movidos, que no paraban de subirse a lo alto de los muebles, saltar por encima de las camas, de las mesas, de los sofás, no se les podía perder de vista, ya que si los dejaban solos ya estaban armándola.

Una de las pocas veces que conseguí sentarme con mi primo a charlar, los pequeños entraron a todo correr en el baño donde su madre se estaba dando una ducha. Dejaron la puerta del baño abierta, y ella salió a secarse cuando acabó de darse el baño.

Sin cerrar la puerta empezó a secar su cuerpo con la toalla, yo me puse algo nervioso, y no sabía si seguir mirando a atender lo que me estaba contando mi primo.

Cuando se terminó de secar se puso el albornoz de mi mujer y me miró, dándose cuenta que la estaba observando.

Yo pensaba que se me iba a cortar el espectáculo, pero ella sin cerrar la puerta, comenzó a darse crema por las piernas. Luego se puso una braga y se quitó el albornoz para seguir dándose crema por los pechos, pero esta vez dándome la espalda y mirándose al espejo.

Aunque le quedaba alguna curva en la cintura tras sus dos hijos, su cuerpo se mantenía espléndido, sus pechos aun se mantenían en pie tras dar de mamar sus vástagos.

Me estaba excitando ver desnuda a otra mujer en nuestra casa, en nuestro cuarto de baño que no fuese Bea.

Durante esos días, me di cuenta que con hijos pierdes toda intimidad, ya que entraban en una habitación o en otra, estuviéramos cambiándonos de ropa o haciendo cualquier otra cosa, así que el verla en ropa interior ya no fue una cosa casual.

Cuando se fueron, por fin respire tranquilo, ya que lo único que me había alegrado algo fueron las imágenes que me quedaban de la mujer de mi primo desnuda o con poca ropa. El resto del tiempo lo recordaba con ansiedad y stress, así que le volví a preguntar a Bea si estaba segura de querer tener un hijo.

Su respuesta no se hizo esperar, y me llevó a cama tumbándose boca arriba, con las rodillas pegadas a su pecho y ofreciéndome toda su entrada abierta para que yo le inyectase mi semen. Así fue, me incliné sobre ella y comencé los movimientos amatorios.

Mi mente se dispersaba pensando en esos diablos revolviendo toda la casa. No podía imaginar tener unos hijos así por casa. Me venía a la cabeza, la mirada de auxilio de su madre, mientras se acariciaba su cuerpo desnudo.

Miraba a Bea, pero no me podía concentrar en ella, en su cuerpo que tantas veces había acariciado, no podía llegar a sus labios, aunque deseaba besarlos, sus pies apoyados en mi pecho, me impedían el paso, eran como un primer obstáculo entre ella y yo.

Al final llegué, y me tumbé al lado de Bea, dispuesto a abrazarme a ella y besarla, pero ella siguió sujetándose las piernas, sin perder la posición, para evitar que mis pequeños espermatozoides perdiese su dirección.

Se debió de ver a ella misma en una posición absurda, o volvió a recapacitar debido a la guerra que dieron los hijos de sus primos, pero soltó las piernas, se incorporó, y me dijo que tenía razón, que igual era mejor no tener hijos por ahora.

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