Semana 49ª: día de nieve

Ya habíamos acabado las 48 cartas de la baraja,  tocaba coger los 4 comodines que quedaban, y que estaban envueltos en papel de seda rojo. Cogimos el primer comodín, de posturas totalmente desconocidas para Bea y por supuesto, para mí también.

Fueron las cartas las que nos dieron una sorpresa, ya que el primer comodín, no era una postura en concreto, si no que podíamos elegir entre cualquiera que cumpliese una condición, y la condición era que teníamos que estar uno de los dos tumbados.

Aprovechamos el largo puente, para ir a esquiar a los pirineos.

Bea se quedó en el hotel, y aprovechó para ir de compras, mientras yo me pasé todo el día esquiando.

Cuando regresé estaba agotado, me tumbé en la cama sin poder moverme. Bea me fue quitando la ropa de esquiar, mientras decía: “me apetece un perrito caliente”, yo no me podía mover, ya que estaba reventado, pero aun pude contestarle: “lo que te vas a encontrar es un Chihuahua bien frío”.

Cuando me desnudó entero una risa salió de su boca, preguntándome: “¿pero qué es esto?”.

Me mire, y pude observar que no tenia pene. Un diminuto trozo de pellejo era lo que me colgaba. Era difícil encontrar algo de carne debajo de ese pellejo. Igual que los testículos, que toda la bolsa se había retraído y quedaban juntitos y prietos entre las dos piernas.

Porque no era mi primera cita, sino seguro que Bea hubiera echado a correr, pensando que con mi diminuto aspecto no tenía nada que hacer.

Pero no fue así. Se metió sin mucha dificultad mi pene y testículos enteros a la boca, y comenzó a mover su lengua enroscándola en mi pene.

Su cálido aliento no tardó en hacer efecto. Y me dijo: “ya lo estoy transformando en un gran mastín”.

Ya tenía mi tamaño habitual, había puesto en prácticas todas las técnicas que conocía, capaces de resucitar a un muerto.

Prosiguió con ellas, mientras tenía una mano con un dedo metido en mi ano, masajeándome la próstata, con la otra sujetaba firmemente mi pene, bajando y subiendo lentamente la piel, mientras su boca se entretenía besando mi grande al descubierto.

Cuando ella quiso se puso encima de mí, frotando su pubis contra mi pene, deslizando sus caderas de arriba a abajo, hasta que ya se posicionó encima de mi pene y se lo metió. Entonces ella comenzó a girar encima mío, dándome la espalda, y arqueando su cuerpo para que yo jugase con su culo, cómo le gustaba a ella que jugase con su culo, y a mi mucho más tenerlo tan cerca.

Cuando ella quiso volvió a girarse poniéndose nuevamente de frente a mí. Yo estaba a punto de llegar, pero aguantaba estoicamente sus caricias. Ella arqueó su cuerpo, dejando como único punto de apoyo sus caderas sobre las mías, lo que hizo que sus músculos pélvicos se contrajeran más, y aprisionaran a mi cautivo pene dentro de ella. No pude aguantar más y me rendí a tanto placer, evacuando dentro de ella la semilla que ya no le hacía falta.

 

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