Vivir dobles parejas I

 

─ Cada día nos parecemos más a mis abuelos, todas las noches echando una partida antes de irnos a la cama. ─ dijo Carla mientras sacaba el tablero de parchís y lo colocaba encima de la mesa.


─Ya veremos cuando conseguimos acabar una partidita de estas. — dijo Marcos riéndose y acomodándose al lado de Leti.
La verdad es que, desde que jugaban a “parchís sex”, nunca habían conseguido terminar el juego. Preferían dejar las fichas por el tablero para que algún compañero se las comiera, a protegerlas en algún seguro. Y entre comidas, besos, caricias y demás pruebas, todas las partidas acababan igual, en una amalgama de cuerpos húmedos entrelazados entre sí.
─ Hoy seguro que la acabamos. ─ dijo Hugo mientras cogía las cuatro fichas amarillas y las ponía en su casillero de salida.
─ Empiezo yo, que soy siempre la que más le cuesta sacar un cinco. ─ dijo Leti mientras tiraba el dado y sorprendentemente, sacaba un 5.
─ Mira la mosquita muerta, por hablar a la primera te sale un cinco. ─ comentó Carla.
Leti colocó su ficha azul en la salida y fue hacia la mesa del salón, se bajó las bragas hasta los tobillos, levantó el vestido rojo de estar por casa, apoyó sus codos en la mesa, ofreciendo la entrada pecaminosa a sus amigos y esperó a que uno de ellos cogiera a Goliat y se lo hincara por el culo.
Era una norma que había puesto Hugo en la partida. Cada vez que sacase uno de los cuatro un 5 (como Marcos estaba venga a sacar la rima de los cojones, se le hincharon los susodichos de tanto oírle) decidió hincársela al que lo sacase.
Lo que le hincaban era un consolador que tenían y que lo llamaban cariñosamente Goliat, ya os podéis imaginar el porqué.
─ Vamos a dejar esta noche de darnos por culo ─ dijo Carla un poco cansada ─ que como paremos cada vez que saquemos un cinco nos van a dar las mil, y yo mañana quiero madrugar.
─ Bueno, tienes razón Carla ─ dijo Marcos mientras volvía a dejar a Goliat en el cajón.
─ ¿Habéis llamado a Isma y Miranda?—preguntó Hugo
─ Sí, he estado hablando esta tarde con ellos ─ contestó Leti ─ pero tenían un cumpleaños de un sobrino y no podían venir.
Desde que decidieron vivir los cuatro juntos, Isma y Miranda siempre tenían una escusa para no juntarse con sus amigos.
Estaban hartos de decirles que vinieran a vivir con ellos, que había sitio de sobra para los seis. Pero una cosa era practicar sexo con sus amigos, y otra muy distinta era convivir todos juntos, formando una comuna. O eso es lo que pensaba Isma.
A Miranda cada vez le apetecía menos las orgías sexuales en las que todos los cuerpos se mezclaban sin importar si las caricias provenían de un hombre o de una mujer.
Aunque la verdadera razón oculta, por la que estaban dejando de ir a dichas fiestas sexuales y que cada vez les estaba distanciando más de sus amigos, era muy simple. Estaban pensando tener un hijo e Isma quería saber que ese hijo era en verdad suyo, por ese motivo, Miranda, durante los últimos meses, dejaba entrar en su vagina sólo el pene de Ismael. Juntándose con sus amigos, sabían que esa misión era imposible, ya que los tres acabarían esparciendo su semilla en el interior de su jardín.
─ La próxima vez, empezamos todos con una ficha fuera ─ dijo Carla enfadada ─ llevo tirando el dado más de 10 veces, todavía no me ha salido un cinco y estoy aquí sin hacer nada ni que me hagan.
─ Y yo ─ replicó Hugo ─ todavía no he sacado ninguna ficha.
─ Ya, pero tú, con lo poco que llevamos ─ contestó Carla ─ ya has podido tocar el culo a Leti, pellizcarle una teta y soplarle el coño, mientras que yo aquí estoy venga a tirar el dado, sin empezar a jugar.
─ Tienes razón ─ sentenció Leti ─ otras veces me ha tocado a mí, y te aburres hasta que sacas un 5. Es mejor que siempre empecemos con una ficha fuera.
Carla y Hugo pusieron una ficha en la casilla de salida y comenzaron ellos también su andadura por el tablero. Ficha que sacaban enseguida la movían, dejándola a merced de que algún compañero se la comiera y le volviera a mandar para casa.
Así pasaban todas las noches, entre caricias, besos y algún pequeño cachete o pellizco, en un bucle interminable de placer.

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